Torah para Vivir

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24 may. 2010

Ser creador o ladrón de rostros






BS”D

Cuenta la leyenda que, en un lejano país nacían los hombres sin rostros.
Ellos debían esculpir con tenacidad y dolor sobre sus propias caras, hasta hacer aparecer el verdadero rostro oculto bajo la superficie lisa y llana...
Hubo un niño al que su padre no le enseñó el arte de esculpir y hallar su rostro, era un padre apesadumbrado y se sentía furioso con el perfil que había hallado...
El niño creció sin rostro, y cuando comenzaba su adolescencia, decidió robar la sonrisa resignada y tibia de su propia madre y los ojos llenos de muerte y resentimiento de su padre.
Su juventud la transitó robando gestos de otros y sumando parches sobre su rostro sin esculpir.
En las noches un sueño perturbador le comía la calma, en su pesadilla alguien osaba desnudar su cara de tantos disfraces y se descubría una cara monstruosa.
Se despertaba agitado y con un hambre insatisfecha de robar y robar más y más máscaras que taparan esa imagen de sí mismo.
En unos de esos días de hurto y emboscadas, se enteró que existían maestros que enseñaban, (tanto a jóvenes como a ancianos), a esculpir y descubrir sus semblantes. También supo que existía mucha gente que no estaba conforme con las caras que habían hallado, y que volvían a esculpirse, no sin sacrificio, y sí con resultados sorprendentes.
Y también se enteró que había gente valiente que nunca dejaba de esculpir su rostro, hasta que de ellos irradiaba luz del cielo...
Él hizo su elección.
Sus padres murieron y él decidió formar una familia, todas las noches le robaba a su propia mujer algún gesto, alguna facción... Cuando tuvieron un hijo, él, que no sabía como enseñarle a esculpir su rostro, mantuvo al niño entretenido con paseos y golosinas, mientras tanto su esposa, confundida, le enseñaba como se esculpe el rostro de una mujer...
Cada esculpida que el niño intentaba, era ironizada por el padre ladrón de rostros. Con una dulzura siniestra era capaz de fingir admiración por lo que el niño había esculpido advirtiéndole que se parecía a un rostro de un actor muy conocido y que, “lamentablemente” el resultado no era muy original...
Aunque en secreto también comenzó a robarle a su propio hijo esas facciones que durante el día se había ocupado de subestimar y desvalorizar, el niño yacía inconsciente del daño, avergonzado hasta la médula.
Su hijo de a poco dejó de intentarlo, pero mientras se borraban de su rostro las sonrisas, los llantos, la sorpresa, las intrigas, en silencio, crecía dentro de él un hombre, un grande, con el rostro que tanto atemorizaba a su padre...
Un día, (siempre llega), el hombre sin rostro murió.
Cuando llegó al encuentro con Di-os, el Eterno le preguntó: Dónde está tu rostro? Dónde está el semblante por el que fuiste enviado a rescatar?
El hombre sin rostro sacó una bolsa llena de sonrisas seductoras, de lágrimas de cocodrilo, de miradas penetrantes, de narices con buen olfato, de orejas con oídos atentos, pero no hubo forma, de armar un rostro verdadero. No hay manera de engañar a Di-os, y el Todopoderoso volvió a inquirir:
Dónde estás?
El hombre sin rostro no tuvo ni gestos ni gemidos que le pertenecieran y entonces, fue arrojado al abismo negro de los sin-rostro.
Allí debió esculpir una y otra vez los rostros de quienes había estafado y robado, los rostros de quienes había violado y había usurpado y para cuando terminó de esculpir cada uno de esos rostros, se le permitió volver a la tierra a intentar, por fin, esculpir el propio...
Mientras tanto, el hijo del robador de rostros buscó su cincel infantil y talló con todas sus fuerzas.
Volaron por los aires pedazos de piel y hueso junto con el espanto de haber sido humillado y mutilado, y después de derribar y limpiar sus escombros, descubrió en su propio rostro ese hombre, grande, hermoso, piadoso, temeroso de Di-os, que tanto lo había esperado...
Patriicia (Dvorah)